La autenticidad es un valor universal y una de las motivaciones que encuentran los turistas para la realización de sus viajes (Belhassen y Caton, 2006; Martin, 2010). Su estudio se realiza desde tres enfoques: modernista, que considera la existencia de una base objetiva para la autenticidad; constructivista, que plantea su base como social o personal y por ello subjetiva y variable; y postmodernista, según la cual la autenticidad es irrelevante para muchos turistas que desconfían de ella y la consideran una construcción cínica con objetivos comerciales (Reissinger y Steiner, 2006).

Cohen (1973, 1995) considera que el turista postmoderno no se preocupa por el verdadero nivel de autenticidad que poseen las atracciones mientras que disfruten con ellas. En línea con tales proposiciones, MacCannell (1973) duda de la capacidad de los turistas para reconocer qué es auténtico en las culturas foráneas considerando que en la mayoría de los casos su estancia en el destino se componga de un conjunto de “pseudo-experiencias”. En este sentido se plantea que aquello considerado auténtico por el cliente suele ser consecuencia de interpretaciones replicadas que, aunque desarrolladas por expertos, son realmente estandarizadas para el consumo de masas (McIntosh y Prentice, 1999; Wang, 1999; Cole, 2007).

Pese a todo lo comentado, sigue habiendo un amplio número de turistas que otorga un notable valor al pasado y a todos aquellos elementos o atributos, como la autenticidad, que lo mantienen vivo en sus mentes (Goulding, 2000; Bellhasen y Cotan, 2006).

Con el objetivo de profundizar en el conocimiento de la autenticidad se realizan numerosos intentos para desarrollar clasificaciones de la misma. Selwyn (1996) diferencia entre autenticidad fría y caliente, donde la primera se refiere a lo real, original o genuina que resulte la atracción, mientras que la segunda lo hace a las versiones aceptadas y disfrutadas. Goulding (2000) plantea una clasificación de la autenticidad amparada en la forma en que perciben la autenticidad tres tipos de visitantes: la primera caracteriza a los visitantes existenciales y enfatiza la importancia del disfrute y percepción de la autenticidad a través de elementos exhibidos; el segundo tipo se denomina estética, y es aquella en la que se percibe la historia a través del arte, resultando las imágenes idealizadas de la historia un elemento central para este tipo de autenticidad; el tercer tipo caracteriza a los visitantes sociales y enfatiza la importancia del aprendizaje.

En el análisis de la autenticidad, Kolar y Zabkar (2010) parten de dos premisas: la primera es que la autenticidad es una evaluación de la realidad construida socialmente o de forma individual; la segunda que los gestores de un destino pueden afectar a la autenticidad. De esta forma, tratan la autenticidad como un juicio evaluativo relativo a la experiencia turística vivida en un determinado lugar, cultura, objeto o destino. Para estos autores, la autenticidad se define como el disfrute de lo genuino, reflejándose tal percepción tanto por la autenticidad basada en el objeto como por la autenticidad existencial, incidiendo la primera sobre la segunda. La autenticidad percibida se relaciona positivamente con la satisfacción y lealtad de los turistas (Kolar y Zabkar, 2007; Naoi, 2004).

Waller y Lea (1998) establecen la existencia de cuatro factores relevantes en la evaluación de la autenticidad de la experiencia turística: (1) número de turistas (generalmente cuantos más turistas menos autenticidad), (2) nivel de independencia (aquellos que organizan sus propias visitas perciben una mayor autenticidad), (3) conformidad con los estereotipos del país y, (4) cultura (involucrarse en contacto directo con la cultura del lugar visitado, en términos de edificios históricos, eventos tradicionales y lengua local). La visión de atracciones culturales e históricas es una forma de peregrinación moderna, un modo de adquirir experiencias auténticas espirituales e intelectuales (Kolar y Zabkar, 2007).

Los edificios y paisajes culturales moldean el sentido de pertenencia, tradiciones, identidad cultural e historia de un destino. La herencia cultural debe ser entendida como un recurso a largo plazo que precisa ser cuidado, al estar relacionado con la autenticidad histórica y ser uno de los principales activos de los que disponen los destinos para atraer turistas, pudiendo basarse en la tradición, artesanía, ocio y gastronomía (Bond y Teller, 2001; Lee, Kim, Seock y Cho, 2007; Tweed y Sutherland, 2007). Los activos culturales son aspectos vitales para cualquier proceso de desarrollo urbano, su relevancia aumenta en las áreas históricas, donde la riqueza de la herencia cultural puede generar la afluencia del turismo cultural (Al-hagla, 2010).

El estudio de la herencia cultural en las áreas urbanas se suele reducir a la “cultura construida”, ciñéndose, a menudo, a edificios o áreas protegidas, mientras que sus aspectos intangibles son escasamente evaluados (Langstaff y Bond, 2002) pese a que el significado de los lugares históricos se extiende más allá del valor de sus monumentos. Tal hecho se ha podido ver motivado porque la identificación de los valores históricos (de herencia) es una actividad compleja, ya que supone más que una simple revisión de edificios catalogados y áreas cercanas, en la que distintos stakeholders diferirán en la valoración de los elementos, al tiempo que la calidad percibida de las áreas históricas también variará entre géneros, edades, etc. (Sutherland, Teller y Tweed, 2002).

Se debe tener presente otra posible controversia en relación a la herencia, la relativa a las tipologías de Dupagne et al. (2004) que sugieren que la herencia puede ser analizada desde un doble prisma. La herencia por designación es el proceso tradicional a través del cual se aplica la etiqueta de herencia como elemento honorífico a los lugares, edificios y otros objetos culturales por parte de expertos, lo que provoca que se le acuse de elitista y que resulte complejo que sirva de reconocimiento más allá que para la herencia convencional. La herencia por apropiación emerge generalmente del comportamiento del público, y ya que adquiere status a través del uso que de ella se realiza se la podría denominar herencia “de facto”.

Hassler, Algreen-Using y Kohler (2002) plantean, en relación con la herencia cultural, que el mayor riesgo al que se enfrentan las áreas históricas urbanas no se relaciona con sus principales activos inmuebles, sino con la pérdida de población, naturaleza histórica y complejidad y calidad de la zona. A este respecto se plantea el problema de qué hacer con aquellas áreas dentro de las ciudades que, pese a no ser consideradas objetos de conservación, forman parte esencial del carácter urbano.

Estos fragmentos urbanos, de forma opuesta a las áreas urbanas, suelen mostrar una alta densidad de población al tiempo que poseen naturaleza histórica y una tipología de calles u otra morfología urbana o elemento cultural característico. Por ello, sirven para crear el entorno en el cual los activos de herencia obvios se encuentran localizados, pero no deben ser tratados como un mero contexto, porque es a menudo el conjunto de objetos y su contexto lo que crea valor ya que la herencia construida es parte importante de la herencia cultural de las ciudades (Tweed y Sutherland, 2007). Tal concepto de fragmento urbano se relaciona con el de fábrica urbana, recurso urbano que, debido a su carácter único y fundamental, se encuentra dotado de una continuidad espacial y temporal que requiere de una protección que asegure su sostenibilidad social (Hassler, Algreen-Ussing y Kohler, 2004).

Manuel Rey Moreno

Director de la Cátedra Metropol-Parasol

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